Autobiografía · Medicina · México

Quiero ser
médico

Dr. Bulmaro Landa Quezada

Una vida entera consagrada a la medicina, narrada con honestidad, valentía y profunda humanidad.

I Años 50 · La vocación

El nacimiento de una vocación

Cursaba el sexto grado de primaria, era una de ésas ceremonias en las que se suspenden las clases y se congregan todos los alumnos alrededor del patio de la escuela, dejando el centro para bailables, tablas gimnásticas, demostraciones, etc, no recuerdo el motivo de la ceremonia, pero lo que nunca olvidaré es el anuncio del director: “En seguida la cruz roja de la juventud nos hará una demostración”, acto seguido vimos a una ambulancia entrar en el patio de la escuela, la sirena chillaba estruendosamente, en el centro del escenario yacían personas supuestamente heridas y de inmediato se abrieron las puertas de la ambulancia y saltaron médicos y paramédicos para brindar los primeros auxilios a los supuestos accidentados, ése hecho marcó mi vida, creando en mi la consciencia de que por accidentes, enfermedades u otros motivos la gente sufre y que ayudarla brinda una experiencia única de satisfacción y gozo; en ése momento nacía mi vocación, quiero ser médico me dije.

La clase de Biología en el primer año de la secundaria despertó en mi el amor e interés por los seres vivos, por su anatomía y su fisiología, la práctica de disecar a un conejo para visualizar sus órganos internos resultó inolvidable, desde los preparativos, comprar cloroformo para anestesiarlo, el bisturí, las gasas, etc constituían para mi una introducción a lo que para mi sería la práctica de la medicina, aún tengo en mi mente la imagen de ver el corazón latir, los pulmones expandirse y los intestinos moverse, si es maravilloso saber lo que sucede en un conejo, debe ser inmensamente más interesante saber lo que sucede en el ser humano.

En el tercer año de secundaria la clase de higiene fue el complemento que me introdujo al conocimiento de como la ciencia puede ser aplicada para mejorar la salud y el bienestar de la gente, aún recuerdo la práctica de vendajes con Rubén Moreno Rosete, diciendo: “es tu turno colega, ahora a ti te toca vendarme la pierna”, años más tarde nos encontramos en la Facultad de Medicina.

II La familia · Los libros

Voluntad ante la oposición

Mi padre que al igual que mi abuelo trabajaba en un puesto relacionado con la contabilidad y la estadística, tenía la ilusión de que yo estudiara contabilidad para continuar con el abolengo familiar, él, junto con mi madre intentaron convencerme en varias ocasiones para que cambiara mi propósito, quizá con la idea de que estudiar ésa carrera además me daría prestigio y una buena posición económica; nunca pudieron lograrlo, papá, tan noble como era y viendo mi vocación, llegó un día a casa con un regalo para mí, el libro de Paul De Kruiff “Cazadores de microbios”, mismo que devoré y que es uno de mis favoritos, ya que inflamó mi deseo de emular la vida de los insignes hombres en el descritas, no se que me gusta releer más si el libro o la dedicatoria de papá.

Una figura relevante en la familia era el tío Nando, el médico familiar, profesionista con toda la barba, hecho a la antigua usanza, personaje querido y respetado por todos nosotros; sus visitas a casa cuando alguien estaba enfermo seguramente me impresionaban, procuraba estar a su lado en todo el proceso de la consulta, siguiendo cada paso, observando y admirando; alguna visita a su consultorio me dio una idea más cercana de cómo era el ejercicio profesional, un buen día cuando el vino a casa mamá le comentó de mi deseo de ser médico y del anhelo de ellos por que no lo fuera, el sabiamente dijo: “no se preocupen, lo voy a invitar a una operación, le va a asustar tanto que va a desistir“, volvió su cara hacia mi y me guiñó el ojo, acordamos fecha y hora yo estuve con una puntualidad inglesa por supuesto; el amorosamente me proporcionó toda clase de instrucciones sobre la ceremonia de lavarse, ponerse la ropa estéril y de cómo comportarme en el quirófano, de que hacer y que no hacer, describiendo paso a paso el acto quirúrgico, era una apendicectomía, así es que todo se concatenaba, ahí estaba ahora un ser humano abierto, vivo, el contenido abdominal expuesto, los movimientos de los intestinos me recordaron la práctica con el conejo; después de ése momento yo me soñaba médico, así que la experiencia fue contraproducente para mamá y confirmatoria para mi, ya que afirmó mi vocación.

Sin duda alguna el bachillerato fue una experiencia formativa con un perfecto equilibrio entre las materias humanísticas obligatorias y las electivas, siendo éstas últimas siempre relacionadas a los seres vivos: Biología, Botánica Zoología, e higiene, las prácticas de sumo interés, la experiencia de descubrir en el microscopio las estructuras histológicas era excitante.

III El primer obstáculo

"Tú no puedes estudiar medicina"

Había terminado la preparatoria, nada más emocionante que iniciar los trámites para inscribirse a la universidad y entrar a la Facultad de medicina, pero... entre ésos trámites había que pasar un examen médico, todo estuvo perfecto hasta llegar a la medición de la agudeza visual, aún con mis lentes “de fondo de botella”no alcanzaba la visión requerida, por lo que el médico me refirió al oculista, quien después de un examen médico me dijo: “tu no puedes estudiar medicina”.

¿Qué?, ¿qué?
¡Pero yo quiero ser médico!

Mira, me dijo, la práctica de la medicina requiere de una buena agudeza visual que tu no tienes, no puedes corregir más con lentes, tu miopía es muy alta, vas a tener problemas con tu retina, por lo que no te puedo autorizar para que estudies esa carrera.

¡Maldito profeta! Excelente pronóstico.

Yo sentí que la tierra se hundía, no puede ser posible, yo tengo vocación y por varios años he acariciado la idea de ser médico.

El dio carpetazo al asunto.

Cuando se tiene decisión y vocación no hay imposibles. Así es que hubo que acudir a personas que conocían de mi trayectoria estudiantil y que tenían influencia en el ámbito universitario para que intercedieran por mi, lo cuál fue posible, logrando mi ingreso a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional autónoma de México, mi sueño dorado.

IV UNAM · Años 60

Experiencias inolvidables

Los 5años siguientes fueron ricos en experiencias inolvidables.

¡Que emoción!

Inscribirse en el grupo número 1 y tomar la clase de Anatomía con el “burro Quiroz”, toda una leyenda, aún recuerdo su figura erguida a pesar de los 70 años que debía tener, su pelo totalmente blanco y su cara de bondad a pesar de su fama de ser el maestro más estricto de la facultad, el intentaba mantener ésa fama pero su corazón lo delataba, recuerdo vividamente su discurso en la primera clase diciéndonos: “el pan que come el médico es el más amargo, porque es ganado a expensas del dolor de los demás”, acto seguido su voz se entrecortó y las lágrimas corrieron por sus mejillas, ésas palabras resuenan en mis oídos con frecuencia.

Al inicio del curso él caminaba al salón de clases, lo alcancé, y lo saludé, era una mañana, en que el sol comenzaba a salir y el cielo se enrojecía, le dije: ¡Que hermosa mañana!, ¡que bonito es ver amanecer

¡, el me contestó, bien se ve que nunca te habías levantado temprano antes muchacho, eso era cierto. Aún conservo mis libros de anatomía de su autoría con la dedicatoria que me escribió el último día del curso.

La primera parte del curso de anatomía es el estudio de los huesos, así es que había que conseguirlos, un mozo del anfiteatro nos aconsejó ir al panteón de dolores y contactar a un sepulturero para obtenerlos, nos pusimos de acuerdo un compañero y yo y así lo hicimos, mediante el pago de unos pesos, nos proporcionó algunos huesos en un costal aún con pocos restos de partes blandas y tierra, menudo fue el susto de mamá que no paraba de hacer la señal de la cruz; siguiendo las instrucciones que nos proporcionó el mozo del anfiteatro puse los huesos en agua con cal para limpiarlos, quitarles los restos de tejidos blandos, higienizarlos y blanquearlos, el cráneo así procesado permaneció en mi escritorio por muchos años.

El entusiasmo de comprar el uniforme blanco y el estuche de disecciones es indescriptible.

El impacto psicológico de estar frente a un cadáver, el olor característico, la contemplación de un cuerpo que llevaba varios días en el anfiteatro, la piel acartonada endurecida y ya de color café, el identificar los órganos de un aspecto diferente a como los estudiaba en las hermosas láminas de los libros, son escenas inolvidables.

Las materias del primer año enfocadas a la morfología del ser humano, anatomía, embriología, histología, complementadas con psicología médica constituyeron la base de un cúmulo de conocimientos.

El segundo año cubrió la fisiología, bioquímica y farmacología, obteniendo así idea de cómo funciona el cuerpo humano, de las reacciones químicas que se llevan a cabo en su interior y de cómo algunas substancias curan las diversas enfermedades.

Los horarios eran largos y algunas prácticas de laboratorio eran por las tardes y no era conveniente ir a casa y regresar, así es que había que comer cualquier cosa en la universidad, pero en los bolsillos solo había suficientes monedas para el camión de regreso, por lo que había que ingeniar algo para calmar el hambre, un par de amigos y yo supimos que el laboratorio de fisiología requería perros para llevar a cabo los experimentos, que pagaban diez pesos por cada perro callejero que se llevara, nos hicimos de un mecate y nos dedicamos a recorrer las colonias aledañas a la Ciudad Universitaria en donde había suficientes perros callejeros y haciendo de tripas corazón lazábamos a un perro y cautelosamente lo llevábamos al departamento de fisiología, ¡listo!, ya teníamos diez pesos.

En la terminal de autobuses había una tortería, las tortas eran a 3 pesos cada una, así es que teníamos una torta cada uno, los refrescos eran a treinta centavos, por lo que la comida estaba asegurada, las tortas de Malena, que así se llamaba la hija del dueño del negocio, ¡son las más deliciosas que jamás he comido!

Rápidamente transcurrieron los dos primeros años en Ciudad Universitaria, beneficiándome de la riqueza cultural, teatro, danza y conciertos, haciendo amigos y disfrutando de las magníficas instalaciones.

Había prisa por que trascurriera el primer semestre del tercer año cursando Bacteriología, porque a partir del segundo semestre todas las clases serían en los diferentes hospitales de la Ciudad de México. ¡Que emoción poder conocerlos! y poder conjuntar la teoría de las diferentes nosologías con la enseñanza práctica, con los pacientes hospitalizados e ir conociendo poco a poco como funcionan los diferentes departamentos que conforman un nosocomio, la clase de patología me enfrentó nuevamente a la muerte, ahora había que practicar las autopsias en cadáveres frescos, pacientes que acababan de fallecer y había que buscar la evidencia del proceso mórbido que terminó con su vida.

Siendo México un país en crecimiento, con grandes rezagos, pero también con muchas aspiraciones, los contrastes eran manifiestos también en sus hospitales, tuve la fortuna de conocer hospitales con un gran valor histórico, tales como el Hospital de Jesús fundado después de la conquista, La Castañeda, hospital psiquiátrico, objeto de piezas literarias y cinematográficas, en donde pude presenciar las mas deprimentes y dantescas escenas, en donde los seres humanos vivían en condiciones deprimentes, con ropas desgarradas, sucias y con una inolvidable cara de tristeza, en el peor estado de higiene, en cuartos con un hedor insoportable por las excretas en el piso; en la entrada del hospital había una famosa placa con la leyenda: “Ni están todos los que son, ni son todos los que están”, el también histórico Hospital Juárez, el Hospital General de la Ciudad de México, cuna de los insignes maestros que dieron gloria a la medicina mexicana en los siglos XIX y XX, con su estructura arquitectónica característica de pabellones de una sola planta, con mobiliario viejo, pero con los prestigiados maestros de la época, el Hospital de Huipulco dedicado principalmente a la atención de enfermos tuberculosos, y posteriormente al disminuir la frecuencia de éste padecimiento convertido en centro de neumología, y tantos otros, en entonces Hospital de la Nutrición, el Instituto de enfermedades tropicales, el original Hospital de cancerología, el Hospital Francés, etc.

Eran los años de auge económico, los institutos recién creados por el gobierno tales como el Instituto social al servicio de los trabajadores del estado, ISSTE y el instituto Mexicano del Seguro Social, IMSS, sobre todo éste último experimentaban un crecimiento extraordinario, construyendo clínicas en todo el país y en la Ciudad de México, el flamante Centro Médico Nacional con las más modernas instalaciones y equipamiento.

Los dos años y medio siguientes fueron sin duda alguna los mas provechosos de la carrera, obteniendo información necesaria para conocer las diferentes enfermedades y su tratamiento, así como para acercarse al rigor científico, estudiar y comprender nuevos métodos de investigación.

El horizonte de mi vida se había ampliado, había que ir a partes de la ciudad a las que nunca había ido, conocer hospitales en los que nunca había estado, conocer mucha gente, maestros, condiscípulos y pacientes provenientes sobre todo de las clases socioeconómicas más bajas de todo el país, entender su idiosincrasia, sus necesidades materiales, espirituales y sobre todo de salud.

Todo esto requería mayores gastos, para entonces yo tuve mi primer auto, que me facilitaba desplazarme más rápidamente, pero había que pagar por la gasolina y comprar libros frecuentemente, lo cual superaba el presupuesto familiar, consciente de ello, busqué la forma de trabajar sin distraer tiempo de mis estudios, así es que decidí hacer guardias en sanatorios privados por las noches, con lo que no emplearía tiempo durante el día que necesitaba para asistir a clases y estudiar, y al mismo tiempo tendría la oportunidad de llevar a la práctica algo de lo hasta entonces aprendido, además de obtener algún ingreso; el pagar por mi primer libro fue una gran satisfacción y un alivio para mis padres.

También trabajé en el laboratorio de análisis del Centro de Salud Xochimilco de la Secretaría de Salubridad, batiendo excrementos para hacer los exámenes coproparasitoscópicos, mientras el químico encargado salía a desayunar, regresando al filo del medio día preguntando: ¿Terminaste el trabajo?

Poco tiempo después por algunos compañeros supe que un laboratorio de productos farmacéuticos ofrecía trabajo de medio tiempo a estudiantes de medicina como propagandista médico, me dieron el empleo, lo que me proporcionó un mejor ingreso y estabilidad económica.

V Años 60

Los 60's

Aunque Mimí vivía enfrente de mi casa, en realidad la conocí en la escuela primaria, por no sé qué razón en realidad eran dos escuelas una de niñas y la otra de niños, cuyos patios estaban separados por una alambrada. Recuerdo que un día nos quedamos mirando uno al otro, ¿amor a primera vista?, es mi vecina me dije, a menudo charlábamos durante el recreo, la absurda idea de separar a los infantes por sexos en diferentes planteles no fue un obstáculo para comunicarnos.

Muchos años pasaron desde ese día, sólo recuerdo que la observaba, pero no como a otras vecinas, sino con un interés muy especial, que me hizo darme cuenta de su evolución, de que se había convertido en una señorita alegre, extrovertida, de voz fuerte y “llenita”, seguramente cruzábamos miradas y sonrisas, y ¿porque no? un saludo verbal.

Pasaron los años., yo era un estudiante de medicina, ella una flamante secretaria, iniciando su primer trabajo.

En la calle en donde vivíamos había muchos jóvenes de edad similar, llenos de algarabía y de ganas de vivir.

En diciembre las posadas eran un magnífico motivo para convivir, una organización perfecta, elegir la noche, asignar el trabajo a efectuar, reunir dinero, colgar adornos en la calle, comprar las piñatas, la fruta para llenarlas, los refrescos, las velitas, los libros de la letanía, avisar a todos los vecinos, cerrar la calle en sus dos extremos, ¡todo listo! La procesión con los peregrinos, los cánticos, esperar el turno para que con los ojos vendados pudiéramos pegarle a la piñata, pero sobre todo cerciorarse de que el vecino que prestaba el tocadiscos tuviera todo a punto para iniciar el baile, ¡que suerte! Bailar con Mimí.

Bendita juventud, cuando, por razones emocionales y hormonales, uno decide que el hombre debe tener una pareja, así es que yo escogí a Mimí, iniciábamos así un noviazgo, muchos días felices siguieron a ésa determinación, cuántos pequeños y grandes detalles, en una relación que fue creciendo, esperaba con ansia después de haber estudiado por algunas horas en la tarde la hora en que ella llegaba de trabajar y salía a comprar el pan, por supuesto yo tomé la tarea de también comprar el pan para mi familia, aunque la panadería estaba en la esquina, el camino siempre era más largo, tomados de la mano y caminando lentamente todo era placentero.

Poco a poco conocí a los integrantes de su numerosa familia, que en el mes de diciembre organizaba una reunión en un día de campo, siempre me sentí bienvenido por todos ellos, que incondicionalmente apoyaron nuestro noviazgo, recuerdo la invitación que su hermana y su cuñado nos hicieron para ir a bailar, para mí la primera vez que asistía a un centro nocturno, tomar una copa y en ése ambiente tan especial, a media luz y con música en vivo tener a Mimí en mis brazos y bailar de cachetito, dulce y sensualmente.

¡Cuantas experiencias vividas!, todas ellas inolvidables, unidos por un creciente amor asistíamos como era la moda en los años 60 a los cafés “Existencialistas”, de nombres estrambóticos como “El coyote flaco”, “ La rana sabia”, etc., en donde los jóvenes se reunían siguiendo la corriente filosófica de moda, el existencialismo, para leer o discutir de política o de profundos temas, leer poesía, o charlar, vistiendo de acuerdo a la época y portando el cabello largo, dejándose crecer la barba, en fin cuanto significara romper con las costumbres tradicionales y liberar el espíritu, por supuesto Mimí y yo tomados de la mano, saboreábamos el café instantáneo, que ella batía con la cuchara en un singular estilo, nunca he vuelto a disfrutar tanto una taza con café.

¡A cuantos conciertos asistimos!, Ella aprendió conmigo a conocer y disfrutar las obras de los autores clásicos y modernos, acudimos a todos los recintos universitarios en donde había actividades musicales los fines de semana.

Una novia es algo único, y se acercaba el 14 de febrero, un grupo de amigos decidimos llevar serenata a nuestras novias, nos pusimos de acuerdo, contratamos a un trío e hicimos la ruta, yo fui uno de los últimos, que sensación tan sobrecogedora, cantar al pie de su ventana y ver cuando recorrió la cortina y me envió un beso, la única vez en mi vida que he llevado serenata.

Por supuesto que ir al cine no podía faltar, juntos vimos las películas del momento, del cine francés e italiano que estaban en cartelera, disfrutando la actuación de Marcelo Mastroniani, Edith Piaff, Sofía Loren, Claudia Cardinale, etc.

El amor siguió creciendo, pero también el deseo, muchas noches llenas de amor y ternura, mezclada con una creciente atracción física, la lucha entre la moral, la religión aprendidas en casa, y la ardiente realidad, aunado a la responsabilidad de terminar mi carrera provocaron una crisis existencial que terminó en uno de los momentos mas tristes de mi vida, el rompimiento, ella me devolvió mi medalla que por tantos meses había llevado en su cuello, que tomé en mi mano y no se como perdí en la carrera que pegué sollozando, y llorando como cuando se arranca parte de la vida.

VI La profecía · 1966

La oscuridad

Cursaba el quinto y último año teórico-práctico de la carrera, era en último bimestre,

estaba a sólo 3 materias de terminar ése ciclo, para iniciar el tan anhelado Internado de pre- grado, culminación de tantos esfuerzos, en donde ya podría comenzar a ejercer la profesión, con la supervisión de residentes, médicos graduados, que se encontraban en entrenamiento para una especialidad y de maestros titulares especialistas, obteniendo una beca, que aunque raquítica significaría un ingreso económico obtenido con trabajo de médico, al ser interno el hospital brinda uniformes y alimentos, así es que temporalmente no habría problemas económicos.

Faltaban dos semanas para terminar el curso, preparábamos los últimos exámenes y trabajos para terminar el ciclo, todos los compañeros hacían preparativos para el festejo y comprando boletos para el baile de fin de cursos, una de las materias que cursaba era neurología, en una práctica nos pidieron hacernos a nosotros mismos una campimetría, es decir una gráfica del campo visual, teníamos que hacerlo en parejas, yo le hice el estudio a Fernando González Reyes, un amigo inseparable por ése tiempo, su estudio, por supuesto fue normal, era mi turno, el, inseguro como siempre, titubeó al hacerlo, lo cuál no me llamó la atención, al terminar, el resultado fue una hemianopsia temporal derecha, es decir ¡no veía la mitad externa del campo visual con el ojo derecho!

De inmediato le dije, eres un inútil, no sabes hacer algo tan sencillo, acudimos al maestro, que verificó el procedimiento, el resultado era correcto.

Como estaba en el servicio de Neurología, de inmediato me enviaron al jefe de servicio quién de golpe y porrazo me diagnosticó un problema en el quiasma óptico, probablemente un tumor.

Mi intuición, me decía que el diagnóstico era incorrecto, me enviaron al servicio de oftalmología para valoración de fondo de ojo, el diagnóstico fue desprendimiento de retina con una gran bolsa.

¡Se comenzaba a cumplir la profecía!

“Tu no debes estudiar medicina, tienes una miopía muy alta y vas a tener problema con la retina”.

Acudí con el Dr. Javier Padilla de Alba, oftalmólogo que me atendía desde hacía 10 años, el confirmó el diagnóstico, honesto, como siempre fue el, y habiendo seguido mi trayectoria como estudiante de medicina, seguramente sintió la responsabilidad de la decisión, me dijo que requería una cirugía, pero que quería que me viera el Dr. Manuel Sánchez Bulnes, maestro de muchos oftalmólogos y sin duda alguna una persona con mucha experiencia en retina.

Asistí a consulta con el maestro, una persona mayor, que observó mi ojo con todo detenimiento y confirmó el diagnóstico, su experiencia por supuesto, era irrefutable, pero al ver el temblor de sus manos seguramente por una enfermedad de Parkinson me dije: ¡Yo no me dejo operar por esta eminencia!

De todos modos, el me regresó con el Dr. Padilla, quien me dijo en estos días viene a México el Dr. Meyer Schukderat, alemán inventor de la foto coagulador, viene a enseñar su uso a los oftalmólogos mexicanos, el departamento de oftalmología del Hospital General del Centro Médico Nacional del IMSS acaba de adquirir un aparato, es un método esperanzador que promete grandes cosas, entre otras evitar una cirugía como la que tu necesitas, ¿quieres someterte al procedimiento? Entendiendo que el método era menos agresivo que una cirugía lo acepté. Me gustaría, me dijo, que el Dr. Schukerat te viera, puedo arreglar que el te examine, concertamos una cita en el hotel en donde el se alojaba, me revisó y aprobó el que yo me foto coagulara.

Salvando trámites me hospitalicé y en menos que canta un gallo, una mañana me encontraba entrando al quirófano, seguramente la anestesia fue prolongada y profunda, porque recuerdo haber tardado mucho en despertar y hacerlo con una náusea de los mil demonios, ya estaba entrada la tarde, la primera voz que escuché fue la de Luis Sánchez Mondragón, amigo inseparable preguntándome como me encontraba.

Quién me iba a decir que todo había sido un fracaso, el hermetismo y las evasivas que escuché de muchos oftalmólogos a partir de entonces nunca me permitieron saber la verdad, pero lo más probable es que a pesar de que fui informado que ya había experiencia con el procedimiento en Alemania y Estados Unidos, ésta no era suficiente y no la había en nuestro país, y aunque el autor de procedimiento venía a enseñar la técnica, probablemente hubo un festín de disparos a mi retina que produjeron quemaduras que me dejaron ciego con el ojo derecho. ¡Cuando yo hacia una vida normal y veía con ese ojo!

Pasé nueve largos meses hospitalizado, en reposo absoluto, con el argumento que el reposo resolvería el problema, me revisaron desde el jefe de servicio, los médicos adscritos, los residentes y alguno que otro interno, nunca me dijeron de la gravedad de mi problema, y siempre había evasivas, finalmente me sometieron a cirugía, seguida por supuesto, de otro largo período de reposo. Todo fue inútil, nunca recuperé la visión con ese ojo.

¡Que desesperación!

Todos mis amigos y compañeros habían terminado el curso y se habían colocado en los diferentes hospitales. Los días transcurrían lentamente, mi medio de comunicación con el medio exterior era un radio portátil que me hizo mas llevadera la espera, por medio de la onda corta seguí de cerca el desarrollo de la revolución cubana, escuché los ardientes mensajes de Fidel Castro, los testimonios de gente del pueblo y la programación que además de adoctrinar verbalmente, lo hacía con alegres canciones.

Sintonizar otros países me dio la oportunidad de escuchar otros idiomas y enterarme de costumbres diferentes.

Era el año de 1966 y se incubaban las condiciones sociales que precedieron el movimiento del 68, el monto de las becas que recibían médicos internos y residentes era raquítico, los alimentos en los hospitales no cubrían los requerimientos calóricos para arduas jornadas de trabajo además de que eran de pésima calidad y no reunían los mínimos de higiene esperados, todo lo cuál motivó un movimiento de huelga en la mayoría de hospitales públicos, pronto las peticiones se ampliaron clamando también por la mejora de planes de estudio, mejor equipamiento de los hospitales, más presupuesto para la investigación, aumentando así la presión al gobierno, que como es costumbre echó mano de su aparato represor.

¡Insólito!

Nunca antes se había visto que los médicos ignoraran el juramento hipocrático y como cualquier “vulgar trabajador” se lanzaran a huelga, hubo juntas clandestinas y por supuesto los líderes fueron perseguidos y aprehendidos, finalmente el gobierno cedió y las peticiones fueron escuchadas y algunas cosas cambiaron.

Todo eso transcurría mientras yo me encontraba hospitalizado, por ésos días por cierto hubo un movimiento anormal en el hospital en donde yo me encontraba hospitalizado, todo un piso fue cerrado y protegido con gente de elite de guardias presidenciales y agentes policíacos, no, no tenía relación con los sucesos, era que el señor presidente de la república, Lic. Gustavo Díaz Ordaz, quien por cierto tenía una miopía muy alta, había tenido un desprendimiento de retina e iba a ser atendido en el Seguro social.

Finalmente, después de esos largos meses, de un cambio en el jefe de oftalmología, de muchas revisiones y de nunca decir la verdad me dieron de alta hospitalaria, sin mayor explicación.

Por fin salí del hospital y pude ver la luz, pero solo de camino a casa, porque, ¡increíble! Me indicaron reposo absoluto en cama, indicación que duró uno o dos meses, hecho que incrementó mi depresión.

Recuerdo después de la ultima revisión, previa al alta definitiva, estar esperando en la sala de exploración, cuando se me acercó quien por ése tiempo estaba haciendo su residencia en oftalmología, el Dr. Alfonso Villaseñor Schwartz, quien nunca me había revisado, y sin estar encargado de mi caso, se acercó y me dijo que no había nada que hacer por ése ojo y que tenía que cuidar el otro, porque mi problema tenía la característica de bilateralisarse, lo que me llamó la atención por el tono sincero que tuvo; el destino me llevaría a él años más tarde.

Dos hechos sobresalientes recuerdo en las largas tardes que convalecí en casa, uno del cuál me arrepentiré siempre es que en un momento de desesperación y teniendo todavía la esperanza de recuperar la vista con el ojo derecho, blasfemé, y desde ése momento y por muchos años me mantuve alejado de Dios, llenando mi corazón de soberbia.

El otro, que causó en mi una conmoción y que por mucho tiempo guardé solo para mi fue que en una tarde en que me encontraba solo en casa, metido en mis reflexiones acostado boca arriba, tal como le lo habían prescrito, tuve la clara sensación de abandonar mi cuerpo, elevándome y viéndome en la cama, inexplicablemente mi esencia se había desprendido de mi cuerpo físico que yacía en la cama, pude ver mi cuerpo recostado, mi cuarto desde arriba, no se por cuantos minutos permanecí así y la siguiente percepción fue haber vuelto a mi cuerpo, sentir que estaba acostado y cobrar consciencia de lo que había sucedido; por muchos años mantuve en secreto ésa percepción y apenas hace unos meses, mientras convalecía de mi última cirugía la lectura de un libro de la Dra. Elizabeth Ross me hizo comprender el fenómeno.

Varios años pasaron sin que volviera a tener comunicación directa, con Mimí, sin embargo, ella se enteró de mi primer desprendimiento de retina, de los largos meses que estuve hospitalizado, nunca se atrevió a llamarme, pero me envió un sobre con un artículo de un periódico que hablaba sobre transplantes de retina.

Ahí me encontraba yo, todo había pasado, privaba en desconcierto y la inseguridad, había que enfrentar la vida nuevamente, lo principal era aprobar las materias que tenía pendientes y aprovechar los dos meses que faltaban, porque las inscripciones para el internado estaban próximas y había sólo el tiempo justo para los trámites.

Poco a poco fui adquiriendo confianza en mi mismo y reanudando mi ritmo de vida, había que escoger el hospital para hacer el internado, existía la oportunidad de hacerlo en el extranjero y se planteaba la duda: optar por Cuba y vivir de cerca la Revolución cubana, trabajar en un país socialista pero en hospitales carentes de recursos y con retraso tecnológico, o bien mirar a Norteamérica y aprovechar las condiciones favorables que ofrecían los países que estaban a la cabeza en el ejercicio de la medicina.

Acudí a la Facultad de medicina para investigar que hospitales tenían vacantes y cuáles eran los requisitos, me entrevisté con el jefe del departamento de servicios escolares, quién vio mi historial académico y me dijo hay plazas para un hospital de Toronto en Canadá, tienes que pasar un examen de medicina en inglés, a lo cuál me mostré dispuesto, y procedió a efectuármelo, al terminar me dijo tienes que presentarte en The doctor’s Hospital en Toronto el 1 de enero, tu tienes que pagar tus boletos de avión.

VII Toronto · 1967–68

Una nueva etapa

Comenzaba una nueva etapa en mi vida, dejando atrás el sufrimiento y encontrando nuevamente el optimismo, el deseo de lucha y despertando nuevamente la avidez por aprender; los días transcurrieron rápidamente haciendo los preparativos, reservaciones, compra de boletos, trámite de pasaporte, todo había cambiado. día 31 de diciembre, me encontraba en el avión que me llevaría a Canadá, mi compañero de asiento resultó ser Juan Liceaga, que también iba a hacer su internado al mismo hospital, éramos por lo tanto compañeros de aventura, charlamos sobre la misma todo el viaje.

Hans, técnico de laboratorio nos esperaba en el aeropuerto y nos condujo al hospital, en donde nos recibió Mr. Litlehouse, encargado de una casona anexa al edificio del hospital que funcionaba como residencia de internos, nos asignaron habitación que compartí con Juan

Con el año nuevo comenzó una nueva etapa, en la cuál todo era diferente, comenzando por el idioma, la cultura, la comida y la manera diferente de trabajar; se trataba de un hospital privado, en el que el servicio al paciente era muy bueno, durante el año tuve que rotar por los servicios de Medicina interna, cirugía, pediatría y gineco obstetricia, la atención que los médicos adscritos nos brindaban era personalizada y el aprendizaje era tan intenso cuanto intenso fuera nuestro interés, las sesiones semanales interesantes y el ambiente de trabajo cordial.

Había que actuar con responsabilidad, rendir al máximo, cubrir largas jornadas de trabajo, pero también disfrutar del tiempo libre para conocer la ciudad, sus costumbres y su gente.

Los alimentos que brindaba el hospital eran suficientes y de buena calidad, y la cafetería era el punto de reunión de los diez mexicanos que hacíamos nuestro internado, el hospital no brindaba el servicio de lavandería, pero en la casona que funcionaba como residencia además de los dormitorios había en el sótano una sala de estar con televisión y un cuarto de lavado y planchado, nosotros mismos nos encargábamos de el aseo de nuestra ropa.

El pago era de cien dólares mensuales, ciertamente muy poco para en nivel de vida del país, pero suficiente para nosotros para disfrutar de las horas de descanso.

El servicio que más me gustó sin duda alguna fue el de Medicina Interna, estableciendo una buena relación con el Dr. Green jefe del servicio y con el cardiólogo Dr. Shanof, que estimuló en mi la afición por los padecimientos cardiovasculares, yo disfrutaba de pasar visita temprano a sus pacientes, recuerdo su sonrisa por las mañanas y su saludo “Hi short fello” (hola chaparrito) y a media mañana ser voceado y acudir en su ayuda para traducirle del italiano o portugués, no dejaba su pipa ni para examinar a los pacientes.

VIII México · El título

¡Ya era médico!

Al regresar a México no pude creer la sorpresa que me esperaba, mis padres habían construido un segundo piso en su casa y nos esperaba un departamento amueblado, con lo que el problema de vivienda quedaba resuelto, solo teníamos que preocuparnos por los alimentos, para lo cuál teníamos una reserva.

El siguiente paso para titularme era cumplir con el servicio social, que generalmente se efectúa en pequeñas poblaciones de la república, pero acudí a el Dr. Alfonso Angelinni para solicitarle ayuda, gracias a su intermediación conseguí una plaza en la clínica 8 del Seguro Social, ubicada en San Ángel y con horario matutino.

El ambiente de trabajo en la clínica era muy agradable, pero el trabajo poco interesante, ya que me asignaron al departamento de medicina preventiva, la administración de inmunizaciones y el llevar estadísticas era muy rutinario, El pago como becario era limitado e insuficiente, así es que tuve que buscar otra fuente de ingresos, Guillermo Valle, un buen compañero, trabajaba como medico visitador por las noches en las Clínicas Prensa, magnánimo como era me pidió que lo acompañara en su trabajo por lo cuál me compartía parte de su ingreso, ayuda que aprecié bastante, poco tiempo después me dejó dar consulta por las tardes en uno de sus dos consultorios, con lo que tuve otro ingreso más, pudiendo comprar un coche viejo.

Desde hacía 3 años yo había estado trabajando en mi tesis profesional, reuniendo información y bibliografía para el tema “El estudio clínico de la pareja estéril”, porque antes del desprendimiento de mi retina yo pensaba ser ginecólogo, pero durante el tiempo que me encontraba haciendo el servicio social me enteré que en lugar de tesis se podía presentar un informe de labores del trabajo efectuado en el mismo, acompañado del requisito de visitar un cierto número de familias en zonas marginadas, haciendo un análisis de su condición socio económica y de salud como trabajo de campo, lo cual era más fácil y rápido, pudiendo así presentar el exámen profesional más pronto.

El tener un coche, aunque viejo me facilitó el poder desplazarme a visitar a las familias para el estudio, dividía mi tiempo entre el servicio social, preparar mi informe, visitar familias, hacer los reportes de las visitas y estudiar para el exámen profesional.

Terminé mi servicio social y mi informe, que fue aprobado, apresurándome a solicitar fecha para la siguiente temporada de exámenes profesionales

Llegó el día, la hora del tan anhelado examen profesional, la impresionante ceremonia con toda la solemnidad, los sinodales con toga y birrete, los compañeros, los nervios y por fin, mi turno, la ceremonia final, el juramento hipocrático!

¡Lo había logrado!
¡Ya era médico!

El siguiente paso era hacer una especialidad...

IX Años 70 · Viena

Austria

El siguiente paso era hacer una especialidad, para hacer una carrera hospitalaria, es decir, una especialidad, había que comenzar por hacer un internado de posgrado y después una residencia, así es que hice una solicitud y fui admitido en el Seguro Social; todo iba viento en popa, iniciaba mi internado para después hacer mi residencia en Ginecología, era la primera semana de trabajo, me encontraba adaptándome al hospital, a la rutina, conociendo a mis compañeros, instructores y maestros, la primera semana de actividades, aunado a esto, Memo Valle me presentó con el Dr. José Villaseñor, dueño de las Clínicas Prensa, para poder ser también médico visitador, pidiéndole que me empleara pero solicitándole tener conmigo la consideración de que trabajara de día por mi problema visual, detalle que yo aprecié mucho y al cual él accedió.

Después de rentar el radio teléfono que era requisito tener en el coche, ya estaba listo para hacer visitas en cualquier lugar del Valle de México, lo mismo me podían asignar una consulta en Xochimilco que en la Villa, o haber terminado una en Balbuena y la siguiente ser en Ciudad Nezahualcóyotl, o en Naucalpan.

Se cobraban 25 pesos por consulta a domicilio, de los que había que dejar el 25% a la clínica, así es que había que trabajar duro para tener un buen ingreso.

El viejo coche me daba problemas por el trabajo al que era sometido haciendo visitas a domicilio, así es que hubo que comprar uno nuevo a crédito.

Para entonces el Dr. Villaseñor me asignó un horario en una de las clínicas, lo cual me brindó la posibilidad de ver más pacientes, se cobraba a 7 pesos la consulta de los cuales dejaba el 25% a las clínicas, pero el gran volumen de pacientes además de que pronto incrementó mi experiencia en el manejo de muchas enfermedades, era un ingreso extra, sin el riesgo de manejar tanto.

Pronto me dieron también guardias nocturnas, tuve que dejar de hacer visitas a domicilio porque tenía guardias de 36 horas y la fatiga y mi creciente miopía habían causado que tuviera algunos accidentes automovilísticos.

Una mañana, de camino al trabajo, mientras manejaba, en Radio Universidad escuché que el Gobierno de Austria junto con la Sociedad de médicos americanos en Viena ofrecían becas para diferentes especialidades, entre otras para Medicina Interna; yo ya había desechado la idea de estudiar Ginecología entre otras cosas porque mi miopía avanzada me daría problemas para la cirugía y tenía que optar por una especialidad en la que la vista no fuera esencial, además de que mi gusto por la Medicina Interna había crecido enormemente, así es que fui a la embajada de Austria a solicitar informes, la vida me brindaba la oportunidad de hacer estudios de posgrado en el extranjero.

Como el curso era en inglés no había problema, pero de inmediato seguí las clases de alemán en Radio Universidad, porque naturalmente fuera de las clases tendría que darme a entender.

Los meses pasaron pronto, trabajando lo más posible, ahorrando y por último vendiendo todo lo que había adquirido, coche, muebles, aparatos, etc., por fin reuní suficiente para el boleto de avión y una reserva para vivir, ya que la beca que tendría para hacer un diplomado en Medicina Interna era modesta.

Aún considerando las diferencias en idiomas, culturas y sistemas educativos mi experiencia de aprendizaje fue positiva, afortunadamente mis profesores fueron gente muy accesible, dispuestos a ayudar y a resolver mis dudas y satisfacer mis inquietudes científicas.

Pude constatar que en Austria también existía un gran contraste entre los viejos hospitales en donde tomaba los cursos, los viejos maestros y la pujante nueva generación, influenciada por la medicina de los Estados Unidos, una experiencia enriquecedora, conjuntando los conocimientos acumulados en siglos con la tecnología de vanguardia.

La ubicación geográfica de Austria me permitió, no sin sacrificios, como por ejemplo comer sólo un yogurt al día como único alimento para ahorrar, viajar a Salzburgo, Budapest y Praga, conociendo cómo era la vida en el bloque comunista.

La Clínica Familiar

Nuevamente en México; la experiencia nos había servido para entender que aunque con un nivel de vida superior al de México, en otros países también era difícil labrarse un porvenir, rentamos un departamento amueblado y de inmediato me día a la tarea, primero de buscar trabajo, acudí con el Dr. José Villaseñor, quien con el antecedente de mi trabajo previo, y ahora teniendo un diploma en Medicina Interna, cumplió su promesa de darme empleo tan pronto como regresara.

Nuevamente comencé a tener un intenso ritmo de trabajo, que me proporcionó dos grandes satisfacciones: el atender a muchos pacientes, ahora con mas conocimientos teóricos y como consecuencia poder elevar poco a poco nuestro nivel de vida.

Indudablemente en ésos años resultaba más fácil obtener buenos ingresos conjuntando un intenso ritmo de actividad 36 horas de trabajo continuo por 12 de descanso, con un inmenso amor a la práctica de la medicina, poniendo lo mejor de mi mismo en la atención de pacientes de escasos ingresos, que no tenían acceso a seguridad social, ni a estudios especializados que fueran costosos, pero con enfermedades en ocasiones serias que requerían atención con los recursos que se tuvieran.

Durante todos ésos años, mi miopía avanzaba, agregando dioptrías a mis lentes, las revisiones con el Dr. Javier Padilla de Alba eran periódicas, comencé a tener agujeros y desgarros en la retina de mi ojo funcional, que se resolvieron con fotocoagulaciones, me convertí en testigo de la evolución de la oftalmología y del perfeccionamiento de los aparatos, los foto coaguladores ya no trabajaban con gas Argón sino con Xenón, siendo la cicatriz que producían más pequeña y circunscrita.

Fui atendido en diferentes hospitales, en el Centro Médico La Raza del Seguro Social, así como en centros oftalmológicos privados.

Poco a poco la visión con mi ojo funcional se iba deteriorando, la corrección con lentes no era completa y la calidad de la visión disminuía.

Había llegado el momento de replantearme práctica privada, en las clínicas en donde trabajaba en el Distrito Federal, la práctica adquirida era, por supuesto, muy valiosa, muchos casos interesantes, la falta de recursos económicos de la población que atendía propiciaba muchas enfermedades, los bajísimos precios de las consultas facilitaban que la gente tuviera servicios médicos accesibles, pero por otro lado los médicos teníamos largas jornadas de trabajo, ninguna prestación, mucha responsabilidad, sólo recibíamos el 70 % de los bajos precios que los pacientes pagaban, por lo que para obtener un buen ingreso teníamos que ver un número considerable de pacientes, todo eso producía un cansancio crónico.

Dejé de dar consulta en el Distrito Federal por las tardes para dedicarlo a mi consultorio, y empezar así a hacer clientela a personas de otro estrato social, el cambio era notorio, los motivos por los que consultaban eran totalmente diferentes, muchas veces no eran enfermedades, eso me impactó grandemente ya que no dejaba de comparar con las serias enfermedades que la otra clientela tenía.

Poco a poco el número de pacientes fue creciendo, corriéndose la voz y siendo mi tarjeta de presentación la recomendación que los mismos pacientes hacían de mi; tuve que ampliar el horario de consulta, como el consultorio estaba en mi casa los pacientes comenzaban a llegar por la noche y a tocar o a llamar por teléfono a media noche o en la madrugada.

Por varios meses ahorré todos mis ingresos para construir lo que sería un lugar de trabajo.

Comencé a buscar terrenos, y encontré uno excelente con una ubicación magnífica en una esquina, en la entrada de un fraccionamiento vecino a donde yo vivía, a una calle de la vía de comunicación principal de la zona.

¿Qué suerte, estaba en venta!

El tener una meta a mediano plazo fue un aliciente y aligeró el peso de mi pesado trabajo, pronto terminé de pagar el terreno, había ahora que ahorrar para construir.

Mi entusiasmo crecía, soñando y planeando el lugar en donde ejercería bajo mis propias condiciones, en forma independiente y mejorando la calidad de servicios que prestaría.

Había llegado el momento, comencé a planear una pequeña clínica de consulta externa con tres consultorios médicos, dos consultorios dentales, un cubículo de urgencias, un pequeño laboratorio de análisis clínicos, un cubículo de rayos X y una farmacia.

Hice un plano colocando cada parte en donde quería y contacté al Arquitecto Roberto Rodríguez Rangel, que es quien había construido el segundo piso en casa de mis padres, él captó mi idea y trazó un plano profesional; le pedí un presupuesto y comenzamos a planear la estrategia.

La emoción de ver cavar las zanjas para los cimientos y ver levantar los primeros muros es indescriptible.

Los meses que siguieron fueron llenos de entusiasmo, viendo hacerse realidad un sueño, lo que me proporcionaba energía para trabajar y continuar haciendo planes.

La edificación tomaba forma, paso a paso fui viendo como la distribución que había plasmado en papel se convertía en realidad, todas las mañanas antes de ir a trabajar al Distrito Federal pasaba por la construcción, y al regresar, antes de llegar a casa a ver pacientes privados volvía a pasar y quizá detenerme para ver si había alguna noticia del arquitecto.

La obra negra estaba terminada, supervisamos que la red hidráulica fuera funcional, hubo entonces que planear la red eléctrica de acuerdo a las futuras necesidades, había ahora que planear los terminados, increíblemente la parte más costosa del proyecto, pero al fin y al cabo lo que sería aparente; no había presupuesto para lujos, pero había que crear una bonita imagen; así lo hicimos, escogiendo uno a uno los materiales para los baños, pisos, muros, lámparas, etc.

Todo el dinero que ganaba iba al proyecto, al final del cuál se agotó, por lo que tuve que recurrir a un préstamo bancario, aunque el interés era mayor que el de los préstamos hipotecarios que había obtenido, bien valía la pena obtenerlo para terminar.

Era tiempo de empezar a planear, opté por el nombre comercial de “Clínica Familiar” por varios motivos, primero porque los socios seríamos excepto uno familiares, y en segundo lugar por que el propósito era dar una atención integral a la familia, desde los abuelos hasta los nietos, considerando que la familia es la unidad social, años más tarde el Seguro Social tomaría la idea para crear el servicio de Medicina Familiar y constituirla como una especialidad médica.

El inmueble estaba listo¡ Lucía esplendoroso!. Con todas las paredes blancas y por mi gran miopía, yo había planeado grandes ventanales en todo el rededor, excepto en el cubículo de rayos X, se veía impecable, llamaba la atención de todos los vecinos, que poco a poco se enteraron de que tendrían una clínica en su comunidad.

Ahora había que amueblarlo; yo contaba con dos consultorios, así es que tenía con que empezar a trabajar, sólo había que hacer las mudanzas.

Un día 15 de septiembre, día de la independencia nacional, yo inicié mi consulta en la clínica, y con ello mi independencia económica y profesional, nunca imaginé que ese día tuviera tanta consulta.

Iniciaba una nueva era en mi vida, aún recuerdo lo raro que me sentía de no tener que ir lejos a trabajar, ser mi propio jefe y solo seguir las reglas que yo mismo me imponía; poco a poco comenzamos a habilitar los diferentes departamentos, adquirimos las unidades dentales, con lo que ese departamento comenzó a funcionar, un equipo de rayos X usado y uno para radiografías dentales nuevo, fue todo un acontecimiento el poder tomar nuestras propias radiografías.

Asunción, mi cuñada fue la primera dentista, como olvidar todo el apoyo que ella me brindó y los lazos de unión que surgieron al ser compañeros de aventura, y con Alex mi hermano planeando la toma de muestras para los análisis de laboratorio

Adquirimos los anaqueles para la farmacia y obtuvimos crédito con los mayoristas, empezaba a funcionar la venta de medicamentos, Día con día la gente se enteraba y nueva clientela llegaba.

Tenía que pagar una vieja deuda, ésta no monetaria, sino moral, así es que llamé al Tío Nando para invitarlo a trabajar con nosotros, el había sido mi fuente de inspiración, mi ejemplo a seguir, mi más grande satisfacción sería trabajar con él mano a mano, aprender de su experiencia y aportar mis conocimientos, le llamé por teléfono y aceptó la idea, el verlo trabajar el primer día causó en mi una gran satisfacción, hubo un segundo día, pero no un tercero, ésa noche tuvo un infarto masivo y falleció, dejando en mi un fuerte impacto emocional, y sentimientos encontrados; después de la gran alegría de trabajar juntos, la inmensa tristeza de su partida...

Teníamos que crecer comercialmente, así es que comencé a promocionar la clínica con industrias y empresas cercanas, que nos comenzaron a enviar pacientes y a solicitar que acudiéramos a sus instalaciones a prestar servicios.

Yo siempre tuve bastantes pacientes, pero ahora el reto era incrementar el número de ellos para que dos médicos más, así como dos dentistas por turno tuvieran también clientela.

Ofrecí entonces los servicios a instituciones bancarias y financieras, que se interesaron en nuestro proyecto, y establecimos convenios, que comenzaron a redituar en un importante número de pacientes que proporcionaron ingresos a médicos y dentistas, pronto un importante sanatorio que atendía a otros bancos nos subrogó servicios y el volumen de consulta se incrementó aún más.

En consecuencia, el trabajo administrativo también se incrementó.

Los años transcurrieron; y la clínica consolidó su posición como empresa prestadora de servicios; eran tiempos de prosperidad, las condiciones en el país eran propicias y el que trabajaba podía ver el fruto de su trabajo

Mi padre se había jubilado, él siempre estuvo a mi lado ofreciendo trabajo administrativo voluntario, no remunerado, incluso haciendo guardias, junto con mi madre para que la empleada descansara los fines de semana.

Convencí a mis padres para que vendieran su casa en el sur del Distrito Federal y adquirieran una en el Estado de México, cerca de la clínica, ya que dos de mis hermanos y yo vivíamos en el rumbo, pronto el resto de mis hermanos compraron también casa en la zona, fortaleciendo así la unión familiar y el apoyo que todos me brindaban.

Comenzó la rotación de médicos, dentistas y empleados en la clínica, los profesionistas trabajaban a comisión, la mercadotecnia, el trabajo administrativo, el mantenimiento de las instalaciones estaban a cargo de la clínica, increíblemente la deshonestidad apareció en médicos y dentistas, escamoteando la baja comisión que dejaban a la clínica y transfiriendo pacientes a otros consultorios.

Durante todos esos años mi visión se había ido deteriorando, tuve agujeros y desgarros en la retina que fueron fotocoagulados, pero la agudeza visual empeoraba.

Con el incremento en el número de consultas solicitadas a la clínica, la participación de especialistas que de un modo u otro colaboraran se hizo necesaria, un médico radiólogo, un químico farmacobiólogo, endodoncistas, cirujano maxilo facial, cirujanos generales, médico visitador, etc., prestando así servicios fuera de las instalaciones de la clínica, haciendo visitas a domicilio, practicando exámenes médicos en las empresas, atendiendo en sanatorios a pacientes con problemas agudos o casos quirúrgicos.

XI La tormenta · La calma

La segunda gran batalla

Una tarde, manejaba de regreso a la clínica, después de haber visitado en un sanatorio de la Ciudad de México a una paciente mía, que había operado el Dr. Altamirano, sobrino del tío Nando, que a la sazón trabajaba en la clínica, y cirugía en la cuál yo había sido ayudante, cuando empecé a tener mucha dificultad para ver el carril en donde circulaba, el sol se ponía y me daba de frente, para mi era habitual que la luz intensa me deslumbrara, pero no al punto de no poder ver mi camino, no se como pude llegar a la clínica y posteriormente a casa sin ningún percance, pero de inmediato le hice una cita al Dr. Padilla para que me revisara, el diagnóstico fue un agujero macular, razón por la cuál mi visión se deterioró drásticamente, él me intervino quirúrgicamente, aplicando un parche de gelatina de pescado esperando que la cicatriz lo obturara.

Como siempre que me operaban dejé de trabajar, guardé reposo, seguí las instrucciones y esperé pacientemente por algunas semanas, pero la visión no mejoró, en la consulta de control el Dr. Padilla se mostró preocupado y me refirió con el Dr. Dacma, también retinólogo para pedir su opinión, acordaron aplicarme un cerclaje escleral.

¡Otra cirugía más unas cuantas semanas después!!

Acepté la cirugía, no sin temor.

El post operatorio fue tórpido y la evolución pésima, ya que la visión se deterioró aún más, comenzaba a ver oscuro, tal como había pasado 20 años atrás cuando empecé a quedar ciego con el otro ojo, la preocupación del Dr. Padilla era notoria, sintiendo el peso de la responsabilidad que recaía sobre de él, después de tantos años de tratarme, de seguir mi caso y de atenderme con esmero, con una calidad humana única y sin nunca en tantas y tantas veces que me había visto cobrar ni un centavo por honorarios, con la honestidad profesional que siempre le caracterizó le pidió al Dr. Alfonso Villaseñor Schwartz, retinólogo, su opinión, el diagnóstico fue una neuritis del nervio óptico causada por el cerclaje, la opinión del Dr. Padilla era aflojar el cerclaje en uno de sus extremos para aliviar la presión sobre el nervio óptico.

Yo me encontraba hospitalizado en el Sanatorio oftalmológico Mérida, sumido en una profunda desilusión y me embargaba la tristeza, el Dr. Villaseñor fue a verme y me propuso una solución radical, no aflojar el cerclaje, sino retirarlo, practicarme una vitrectomía y aplicar crio al agujero macular, el objeto: evitar la ceguera total, el pronóstico: no se recuperaría la visión central pero se conservaría la visión periférica útil para la vida diaria; mi depresión era acentuada, estaba tan cansado de tantos fracasos quirúrgicos en más de 20 años, de cirugías tan frecuentes sin nunca mejorar, con mi visión tan deteriorada que mi primera respuesta fue no a otra operación, la posición del Dr. Villaseñor fue tan firme, tan convincente, él estaba tan seguro de lo que decía, como ningún otro oftalmólogo lo había estado, que casi me empujó al quirófano, acepté.

La evolución postoperatoria fue tal como lo había dicho el Dr. Villaseñor, lenta,

sin contratiempos, la calma llegó después de la tormenta, el continuó atendiéndome con esmero y siempre con una sonrisa, me graduó nuevos lentes, me dio ánimo y siempre se mostró muy satisfecho de su trabajo.

Comenzaba una nueva etapa en mi vida, que requería de mucha adaptación de mi parte, renunciar a varias cosas, a dejar de conducir automóvil, a no poder leer, a distinguir los colores a medias, pero más que nada a replantear la manera como trabajaría en lo sucesivo, por supuesto la clínica había costado tanto esfuerzo, requería de mi dirección y era mi modus vivendi.

Opté por pagar a dos doctoras, una para el turno matutino y otra para el vespertino para que fueran mis asistentes, ellas se encargaban de hacer los expedientes, leerme los documentos, resultados de laboratorio y gabinete que los pacientes traían y de todos los aspectos visuales que la consulta requería, de ese modo pude seguir atendiendo pacientes y el hecho de tener un asistente fue interpretado por muchas personas como un mejor estatus profesional.

Comencé a aprender de memoria el teclado de la máquina de escribir, usando todos los dedos, yo había visto que las secretarias aprendían cubriendo el teclado con un mandil. ¿Porque no aprender yo sin ver el teclado?

Así pude escribir algunas de mis notas, al principio con errores, que poco a poco mejoraron, el problema era que no podía leerlas.

El poder continuar atendiendo mi consulta fue quizá el consuelo más grande en mi nueva situación, y el mantenerme al frente del negocio permitió que éste marchara, por supuesto no faltaron compañeros dentistas y médicos que abusaran de la situación, robándome libros, instrumental, diciéndole a los pacientes que no era seguro atenderse conmigo, en cambio con ellos sí, haciendo presupuestos dentales ridículamente bajos, para pagar un insignificante porcentaje mientras citaban a los pacientes con mucha frecuencia y trabajaban mucho tiempo con ellos, por supuesto ellos cobraban mucho más sin entregar porcentaje a la clínica, aprendí que todos hacen leña del árbol caído.

Yo asistía con periodicidad a consultas de revisión con el Dr. Villaseñor, todo había marchado bien, pero la visión comenzó a disminuir nuevamente, por lo que acudí a verlo, el me diagnosticó una catarata, me propuso operarme, lo que acepté, todo parecía tan fácil estando en sus manos, afortunadamente la evolución fue satisfactoria y volví a estabilizarme.

XII El quiebre · La renovación

La vida siguió dando vueltas

Anbú, el nombre que lleva mi hija había sido decidido varios meses antes del nacimiento por nosotros, formado por las dos primeras letras de uno de los nombres de su mamá y las dos primeras letras de mi nombre, simbolizando que los dos aportamos para procrearla y aportaríamos para formarla como persona.

Yo participé activamente en su cuidado desde recién nacida: cargándola, ayudando a bañarla, cambiándole de pañal, y dándole su biberón cuando dejó el seno materno.

Desde entonces ella ha vivido una estrecha relación con nosotros, vivía en nuestro consultorio, dormía en un bambineto que estaba junto a mi escritorio, y aprendió a caminar en su andadera en los pasillos de la clínica.

Anbú fue también una gran ilusión para mis padres, mi mamá preparó cautelosamente los alimentos para elaborarle sus papillas y fue un motivo de regocijo para mi papá, cuando ella comenzó a asistir al jardín de niños él la llevaba y recogía, ellos fueron sus padrinos de bautismo y primera comunión.

Para entonces el auge de la clínica continuaba, atendiendo pacientes particulares y de diversas instituciones.

Me dí a la labor de buscar casa, encontré una en el mismo fraccionamiento en donde se encuentra la clínica, lo cuál me facilitó enormemente ir y venir al trabajo, era una casa vieja, que requería mantenimiento, mucho más chica que la anterior, en una superficie de terreno que era menos de la mitad que la otra y en una zona socioeconómica inferior a la anterior, tiene una buena iluminación natural, lo cuál era fundamental para mi; al ser mas chica era más adecuada para una familia pequeña y la ventaja para mi es que podía caminar a la clínica en 20 minutos.

La economía del país estaba cambiando para mal, y yo me había descapitalizado, de tal manera que solo tuve suficiente para dar un enganche, suscribiendo un crédito hipotecario en términos desfavorables, pero tenía que asegurar un lugar en donde vivir y por supuesto mi esposa nunca dejó de trabajar y apoyar económicamente en todos los gastos de la familia.

Al segundo año de estar pagando el crédito hipotecario, la crisis económica del país se acentuó, con el llamado “error de diciembre”, elevándose las tazas de interés en forma tal, que como la taza pactada era variable mi deuda se volvió impagable, ya que los intereses cuadruplicaron a la parte de pago de capital, afortunadamente para mí el gobierno y la banca acordaron reestructurar los préstamos hipotecarios, creando las UDIS; me acogí a ésa disposición pactando otro préstamo en condiciones más favorables y con la posibilidad de adelantar pagos al capital.

Los siguientes años fueron de restricciones, y nuestra vida muy austera, pero finalmente pude liberar la hipoteca y ser nuevamente dueño de la casa en donde vivo.

Mi vida había dado un giro.

¡Cuántas cosas habían cambiado!
XIII La pasión perdura

Médico para siempre

La productividad de la clínica disminuía, comenzamos a perder las igualas con las empresas, la inflación creció en forma desmedida, la moneda se devaluó tanto que se hizo necesario reducir tres ceros al peso, México hizo un tratado de libre comercio con Estados unidos y Canadá, la banca se nacionalizó por algún tiempo, para volverse a privatizar, con lo que muchos políticos y empresarios se enriquecieron y la deuda fue pagada con los impuestos de los ciudadanos, en todo ése teje y maneje los bancos reestructuraron sus servicios médicos, cancelando a los que éramos sus proveedores para recontratar nuevas empresas que les prestaran los mismos.

En nuestra farmacia les surtíamos recetas, por supuesto la nuestra era pequeña, sin sucursales, las grandes cadenas ofrecieron descuentos mayores que nosotros no podíamos conceder porque el volumen de compra a los mayoristas o laboratorios productores de medicamentos eran infinitamente menores, y por lo tanto el descuento que obteníamos y podíamos ofrecer a las instituciones era menor que el que obtenían los consorcios; para compensar la disminución de ingresos se tuvo la idea de crear una sección de dulcería y regalos en la farmacia, la cuál poco a poco fue cobrando auge.

Después de un tiempo de estabilidad, mi visión se deterioró nuevamente, yo había asistido con cierta regularidad con el Dr. Villaseñor, quien en ésta ocasión diagnosticó un engrosamiento de la cápsula posterior del vítreo lo que producía la opacidad en mi visión, en ésta ocasión me refirió con el Dr. Santos para que la seccionaran con rayo lasser, sin ambages puedo decir que ésa fue la única vez en todos los procedimientos que me habían practicado a lo largo de muchos años que en verdad noté una mejoría en la calidad de la visión desde que salí de la clínica oftalmológica, ya que el procedimiento fue ambulatorio.

Los problemas en la economía del país hacían que la competencia fuera cada vez más intensa para lograr las mejores oportunidades, haciendo necesaria la actualización, por lo que me dediqué a tomar cursos, certificarme y recertificarme; el asistir a diferentes hospitales a tomar cursos, y el tener contacto con otros colegas me inyectó energía para continuar ejerciendo y me proporcionó una idea de los cambios tecnológicos y administrativos en el ejercicio de la práctica médica tanto institucional como privada.

Las nuevas condiciones en la economía del país me hicieron cambiar estrategias, el tener médicos y dentistas a comisión había mostrado ya no funcionar, puesto que las empresas a las que prestábamos servicios nos habían dejado, y al ver mermados sus ingresos los médicos y dentistas dieron muestras de deshonestidad, por lo que decidimos rentar los consultorios y que los profesionistas ejercieran independientemente siendo ellos responsables de su clientela, lo cuál alivió muchas tensiones.

Nos asociamos a una empresa prestadora de servicios médicos especializada en Medicina laboral, misma que rentó una ampliación de nuestras instalaciones originales y nos proveyó pacientes para el departamento de radiología, con lo que éste tuvo un fuerte auge, adquirimos una reveladora automática, lo cuál hizo más fácil y expedito el trabajo.

Algunas instituciones continuaron y aún continúan confiándonos la atención de sus empleados y la clientela privada continuó asistiendo, por lo que yo seguí disfrutando mi ejercicio profesional y consolidando mi clientela teniendo la satisfacción de haber consultado a 4 generaciones de algunas familias.

Con los cambios administrativos vinieron algunos años de estabilidad, yo me había vuelto independiente para trabajar, la computadora fue un factor decisivo para ello, ya que un lector de pantalla me permitía usarla, así como había aprendido el teclado de la máquina de escribir sin ver, ahora aprendí el de la computadora, confieso que la primera vez me impresionó tanta cantidad de teclas, hasta ésos días mi idea de que es una computadora era vaga, aunque supe de ellas desde mi infancia en una visita al trabajo de mi abuelo en lo que fue la Secretaría de Estadística, hoy en día Instituto Nacional de Estadística, Geografía e informática(INEGI) en donde se trabajaba con computadoras y máquinas perforadoras IBM, de metro y medio de altura, otro tanto de largo y quizá un metro de ancho, que hacían mucho ruido y generaban mucho calor; años más tarde mi padre me invitaba en su trabajo a la inauguración de la más moderna computadora de los años 50 que almacenaba la información ya no en tarjetas perforadas sino en una gran cinta; magnética que giraba vertiginosamente y que parecía una enorme licuadora; ahora yo tenía sobre mi escritorio una computadora personal y hubo que, con la ayuda de Héctor, mi cuñado aprender para que servía, aprendí qué es un procesador de textos, con lo que pude leer y escribir nuevamente, hacer mis expedientes médicos y escribir mis recetas, qué es una base de datos, lo que me permitió organizar un archivo de expedientes, clasificarlos y complementarlos, qué es una hoja de cálculo que me permite llevar mis cuentas, qué es la Internet, sino una ventana al mundo en donde puedo obtener información médica y qué es el correo electrónico: un rápido y maravilloso medio de comunicación con el que puedo estar en contacto con personas en cualquier parte del mundo; todo esto constituyó la más importante ayuda en mi consultorio, y me colocó a la vanguardia, a pesar de mi impedimento visual.

El haber terminado de pagar la hipoteca de la casa nos trajo bienestar, después de varios años teníamos un presupuesto holgado que nos permitía vivir desahogadamente, Nuestra pequeña hija llenó nuestras vidas y fue motivo de alegría, también para los abuelos.

Los bancos ofrecieron a sus empleados servicios médicos, por medio de aseguradoras que contrataban médicos para impartir consulta en sus consultorios, ahorrando así gastos y brindándoles servicios de mejor calidad que las instituciones de seguridad social del gobierno, situación de la que nos beneficiamos, enrolándonos a ese sistema, lo que me permitió seguir ejerciendo.

Poco a poco nuestra situación económica mejoró permitiéndonos disfrutar de algunas vacaciones, diversiones y vivir desahogadamente.

Durante todas éstas etapas de la clínica y de mi vida mis padres siempre estuvieron a mi lado apoyándome moral, laboral y económicamente con préstamos, ellos fueron una pareja ejemplar, se amaron intensamente y se fueron fieles siempre, mi madre solo terminó la educación primaria, mi abuelo murió cuando ella terminó la escuela primaria y debido a la pobreza tuvo que trabajar siendo una adolescente, mi padre inició una carrera profesional, pero tuvo que dejarla para trabajar, pero hicieron de sus 5 hijos unos profesionistas, teniendo la satisfacción de que todos se recibieran, mi madre fue una excelente administradora y una madre muy dura, mi padre una persona muy dulce y gentil, con una pulcritud admirable, se casaron muy jóvenes y su matrimonio duró 59 años.

Durante éstos años, desde que me recibí fui el médico de cabecera de mis padres y hermanos, traje al mundo a mis 4 hijos y a algunos sobrinos, pero sin duda mi peor experiencia médica comenzó un día que me llamaron para ver a papá, el me refirió que llevaba algunos días sintiéndose mal, al preguntarle que tenía, me contestó, no se, solo se que me siento mal, el era muy delgado, al examinarlo palpé una masa tumoral en epigastrio, le ordené una serie esófago gastro duodenal, que reportó una masa tumoral, un carcinoma en curvatura mayor, informé a mis hermanos y tramitamos que fuera atendido en el Instituto Nacional de Cancerología, los oncólogos opinaron que no era operable, proponiendo quimioterapia, solo recibió dos sesiones, su deterioro fue rápido, como ya no podía ingerir alimentos le aplicaron una sonda nasogástrica por donde le pasábamos un alimento especial, pero comenzó a sangrar, por lo que lo llevamos al hospital, le indicaron una transfusión sanguínea, su corazón no la resistió y ésa madrugada, después de una corta agonía murió; un gran dolor para mi ya que él fue mi padre, confidente, socio y asiduo colaborador.

El golpe fue muy duro para mamá, ella vivió sola por corto tiempo, como sus cinco hijos somos varones nos fue complicado atenderla, ella nunca aceptó vivir con alguno de nosotros, su hermano menor vivió algunos meses con ella, pero su estado físico y mental se deterioró rápidamente, desarrolló una demencia senil, tuvo varios infartos cerebrales, perdió el habla, paulatinamente el estado de consciencia, quedando postrada en cama y requiriendo el apoyo de cuidadoras de día y noche, perdió el reflejo de la deglución y requirió la instalación de una sonda gástrica por gastrostomía; se le cayó a una de sus cuidadoras produciéndose una fractura del cuello de fémur derecho, que los ortopedistas consideraron inoperable debido a su estado general, con lo que no pudo volver a caminar.

A lo largo de todos esos años continuó el deterioro de mi ojo parcialmente funcional, solo tenía una muy mala visión periférica que se fue deteriorando, desarrollé una catarata secundaria a los traumatismos quirúrgicos, la cual me extirparon, lo que mejoró un poco la visión, pero pocos años después volvió a empeorar por opacificación de la cápsula posterior del vítrio, por lo que la seccionaron con rayo lasser, mejorando la calidad de la visión por algunos años, para nuevamente empeorar; los doctores Javier Padilla de Alba y Alfonso Villaseñor Schwartshabían fallecido, lo que me hizo sentir en orfandad, mi prima Flora me habló de un retinólogo que había tratado a 2 de sus hijos y acudía el, me diagnosticó enfermedad vítreo retino proliferativa y me propuso una cirugía para seccionar las bridas que jalaban la retina o terminarían por desgarrarla, yo había decidido no operarme otra vez más, pero el deseo de preservar el resto visual que tenía me hizo aceptar la operación, el resultado fue negativo, ya que quedé viendo aún menos, llegando al punto de solo percibir luz, percepción cada vez mas limitada, en otros términos ceguera legal.

Aunque por muchos años supe que ese momento llegaría, la realidad superó Mis expectativas, pero la decisión siempre había sido continuar ejerciendo. Sin duda alguna la evolución de la tecnología ha representado una gran ayuda para tener cada vez más independencia en mi práctica profesional, una báscula digital parlante, un baumanómetro parlante, un termómetro parlante, me han permitido trabajar mejor.

Durante muchos años tomé la actitud de negar o minimizar mi falta de visión con la sociedad en general y con mis pacientes principalmente por el miedo a perderlos, lo cual ya pesaba mucho, así es que decidí asumirme como lo que soy, una persona ciega, tomé un curso de orientación y movilidad y comencé a caminar solo de mi casa a la clínica y viceversa y a visitar a mamá, para lo cuál tenía que tomar dos autobuses, no terminé el curso porque el usar el transporte público me estresaba mucho, me producía taquicardia y comencé a ser hipertenso, llegué a la conclusión de que no era necesario hacerlo y que tomar taxi a donde necesitara ir es mucho más cómodo y seguro y puedo pagarlo.

El adquirir independencia no fue fácil, hubo que romper mitos y temores, comenzando por mi esposa que me dijo “tu no necesitas un bastón, necesitas confianza".

Había sido médico de la comunidad por 50 años, había creado un estatus y las personas me tomaban como una autoridad moral, muchas mostraban perplejidad, otras incredulidad y desconcierto, un gran porcentaje de pacientes me abandonaron, seguramente por sentimientos de inseguridad, la minoría que permaneció a mi lado me valora, me tiene confianza y hemos fortalecido nuestra relación interpersonal, muchos pacientes nuevos aún después de varias consultas no se dan cuenta de que soy ciego.

Sigo disfrutando de la práctica de la medicina y sintiendo una satisfacción indescriptible cuando llego a un diagnóstico difícil y cuando veo la mejoría de los pacientes, a pesar de que la forma de trabajar es diferente, ya que cada aseguradora tiene modalidades diferentes, todas tienen la intención de supervisar cada consulta impartida, algunas de ellas piden trabajar en sus portales para tener una copia del expediente, que es electrónico, lo que requiere de que el médico tenga cada vez más conocimiento y dominio de la informática; pero los ciegos enfrentamos el problema de que los programadores se olvidan de nosotros e ignoran las limitaciones de los lectores de pantalla y de que la tendencia actual es a privilegiar las imágenes sobre los textos.

Consciente de la competencia cada vez más intensa de las profesiones, diseñé una página electrónica para la clínica e incursioné en las redes sociales y creé también una página de la clínica en Face boock, así como usar WhatsApp

También he sido testigo del asombroso desarrollo de la medicina, pudiendo decir que los conocimientos que adquirí en la facultad de medicina solo son un veinte por ciento de los que tengo actualmente, y las fuentes de información ya no son libros o revistas en papel, sino se obtienen de la red, los avances en las ciencias médicas son impresionantes y se suceden a una velocidad asombrosa en todas las ramas, genética, genómica, nanotecnología aplicada a la farmacología, biología molecular, electrónica aplicada a los equipos de diagnóstico, etc, etc.

En los dos últimos meses de 2019 inicia una epidemia en China causada por un coronavirus que llamaron SARSCOX2, con el que el ser humano nunca había tenido contacto, QUE en 3 meses se transmitió a Japón, Corea y posteriormente a Italia, Francia, y España, convirtiéndose en Pandemia, en febrero de 2020 se reportan los primeros casos en México.

Para entonces mi mamá tenía 97 años, un carcinoma basocelular que le ocupaba la región temporoparietal izquierda y la frente, los últimos 3 inviernos tuvo neumonías, que sorprendentemente superó, la última semana del mes de abril tuvo una falla cardíaca, viéndose muy mal; reaccionó favorablemente a el digitálico y al diurético y mejoró, un mes después una de sus cuidadoras, dijo sentirse mal de la garganta, consciente de que la pandemia en México crecía, la envié a que le hicieran una prueba, ella acudió con una doctora de su confianza, quien le dijo que era una faringitis bacteriana, y le prescribió un antibiótico, como no mejoró la envié a su casa a descansar, 10 días después regresó diciendo que ya estaba bien, al segundo día la escuché disfónica y les ordené pruebas para diagnóstico de infección por COVID, resultando ella positiva y mi mamá negativa, dos días después mi mamá comenzó con fiebre y malestar general, le hicimos otra prueba que fue positiva, comenzando a deteriorar su estado de salud, la fiebre no cedió y se presentó diarrea profusa, posteriormente cianosis y finalmente murió.

Aunque los 5 hermanos sabíamos la gravedad de la situación y cuál sería el final, fue un golpe muy duro para todos.

Muchos años han transcurrido, sigo amando la medicina y aún siento placer de diagnosticar y tratar a mis pacientes y fortalecer las relaciones personales con ellos; cumplí 83 años, inexorablemente he experimentado cambios degenerativos físicos y mentales.

Sostener el funcionamiento de la clínica después de que el Dr. Raúl Rizo falleció al principio de la pandemia, una empleada renunció y hay consultorios sin rentar debido a la situación económica del gremio médico en particular y del país en general, yo tengo que estar sosteniendo gastos que el negocio genera, aceptar que la clínica que yo planee y formé tendrá que desaparecer después de cuarenta y cinco años es difícil de aceptar.

En la clínica hemos recibido la visita de inspectores deshonestos, que en lugar de supervisar vienen a amedrentar, complicando la situación que vive la clínica.

Tengo 81 años, los consultorios no se han rentado, hemos implementado algunas medidas para atenuar un poco el gasto que tenemos que hacer mensualmente para mantener funcionando la clínica.

Anbu, mi hija nos ayuda a hacer guardias, ella terminó su carrera de Ingeniera química, una maestría y un doctorado.

El uso continuo de antiandrógénicos para tratar mi hiperplasia prostática por 10 años, me pasó la factura, me detecté un pequeño nódulo en la región pectoral derecha, mismo que ha crecido y me arde, los estudios mostraron un fibroma mamario, me habían tratado lesiones dérmicas precancerosas en la cara y cabeza con Propil tiuracilo y posteriormente con Crioterapia, la lesionen la mejilla derecha creció y se formaron 2 más, que me diagnosticaron como Queratosis seborreíca, los estudios pre operatorios fueron normales excepto el electro cardiograma, que muestra bradicardia sinusal, razón por la cuál no me han dado la valoración cardiológica requerida en el protocolo quirúrgico y anestésico, me instalaron un Holter por 24 horas y estoy en espera del resultado, que nunca me dieron.

Pero mi pasión por la medicina perdura, la satisfacción por diagnosticar es la misma; acabamos de tener un caso muy interesante: una paciente de 46 años de edad con un para ganglioma carotídeo que no había sido diagnosticado desde hace 7 meses y por lo tanto creció mucho, después de hacer los estudios que confirmaron mi diagnóstico clínico, la envié al cirujano oncólogo.

Es fin de sexenio, por lo que inspectores deshonestos han llegado a amedrentarnos, lo cuál representa un gasto inecesario.

Como consecuencia de los últimos temblores de tierra y del hundimiento del suelo por el peso de los grandes edificios que han construido alrededor de nosotros se formaron grietas en las paredes que se fueron haciendo grandes pasando de un consultorio a otro, lo que representó un gasto no previsto.

La clínica luce descuidada, por lo que los consultorios vacíos no se han podido rentar.

Llegó el momento de planear el fin de la sociedad anónima Clínica Familiar que solo es un “elefante blanco”, iniciamos los trámites para la devolución de la propiedad a mi persona.

Tengo 83 años, con una demencia semántica y desorientación espacial por lo que requiero andar acompañado en la calle.

La pensión es muy reducida, por lo que tendré que seguir trabajando hasta que se recupere la propiedad del inmueble.

Hemos llegado al fin.

Lo que pido a Dios es que me deje estar siempre con Prema, mi pequeña y traviesa mascota.

Quiero ser médico

Autor: Dr. Bulmaro Landa Quezada

Edición: Ing. Julio Toledo

Publicado el 15 de mayo de 2026

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